Ayer, apenas me enteré de la noticia, escribí unas líneas en Facebook que me quedaron mal redactadas sobre dos momentos con los cuales siempre asociaba a Miguel Calero. Acá las retomo.
El primer recuerdo es del año de 1995. En un partido del Deportivo Cali -del cual yo era hincha y Calero su arquero- contra el Pereira, del cual no recuerdo el marcador final, Miguel Calero se decidió a salir hasta la mitad de la cancha con el balón para hacer un centro en el área del equipo cantrario. El balón se eleva, el portero del Pereira corre hacia el balón, salta, se estrella con algunos defensas o delanteros, el balón lo sobrepasa, rebota e ingresa en el arco. A los días, en algún programa del canal regional Telepacífico -yo por aquella época vivía en Cali- decidieron rifar los guayos con los que Calero había marcado el gol. Recuerdo algún presentador mostrando unos guayos viejos y usados e invitando a los televidentes a participar en el concurso.
Un año después, con Calero aún en el arco, el Deportivo Cali después de 22 años vuelve a ser campeón del fútbol colombiano. Yo estaba en Pereira de vacaciones, supongo, y me encontraba haciendo el curso de conducción obligatorio para sacar el pase. Recuerdo que tuve que correr unas diez cuadras desde la academia de conducción hasta el apartamento de mi abuela para poder ver el partido.
Todavía no tengo muy claro por qué algunas muertes nos afectan más que otras. Supongo que tenga que ver con la cercanía -ya sea física o aparente, como la que proponen los medios-, la edad del muerto, las circunstancias de la muerte. En todo caso, hoy estuve pensando que todos nosotros vamos presos en este viaje que inevitablemente terminará en accidente fatal. No hay salida. Lo triste es que algunos llegarán primero, a destiempo, a deshoras. Sin justicia. La vida al parecer es quisquillosa y en sus arrebatos le da por trazar su camino sola. Igual nos toca acostumbrarnos y además -o a pesar- debemos buscar motivos para ser/estar felices.