miércoles, 5 de diciembre de 2012

Calero

Ayer, apenas me enteré de la noticia, escribí unas líneas en Facebook que me quedaron mal redactadas sobre dos momentos con los cuales siempre asociaba a Miguel Calero. Acá las retomo.

El primer recuerdo es del año de 1995. En un partido del Deportivo Cali -del cual yo era hincha y Calero su arquero- contra el Pereira, del cual no recuerdo el marcador final, Miguel Calero se decidió a salir hasta la mitad de la cancha con el balón para hacer un centro en el área del equipo cantrario. El balón se eleva, el portero del Pereira corre hacia el balón, salta, se estrella con algunos defensas o delanteros, el balón lo sobrepasa, rebota e ingresa en el arco.  A los días, en algún programa del canal regional Telepacífico -yo por aquella época vivía en Cali- decidieron rifar los guayos con los que Calero había marcado el gol. Recuerdo algún presentador mostrando unos guayos viejos y usados e invitando a los televidentes a participar en el concurso.

Un año después, con Calero aún en el arco, el Deportivo Cali después de 22 años vuelve a ser campeón del fútbol colombiano. Yo estaba en Pereira de vacaciones, supongo, y me encontraba haciendo el curso de conducción obligatorio para sacar el pase. Recuerdo que tuve que correr unas diez cuadras desde la academia de conducción hasta el apartamento de mi abuela para poder ver el partido.

Todavía no tengo muy claro por qué algunas muertes nos afectan más que otras. Supongo que tenga que ver con la cercanía -ya sea física o aparente, como la que proponen los medios-, la edad del muerto, las circunstancias de la muerte. En todo caso, hoy estuve pensando que todos nosotros vamos presos en este viaje que inevitablemente terminará en accidente fatal. No hay salida. Lo triste es que algunos llegarán primero, a destiempo, a deshoras. Sin justicia. La vida al parecer es quisquillosa y en sus arrebatos le da por trazar su camino sola. Igual nos toca acostumbrarnos y además -o a pesar- debemos buscar motivos para ser/estar felices.

martes, 10 de abril de 2012

Esas sumas de pequeños detalles

"En la vida no existe el azar, sino los pequeños detalles", decía uno de los personajes en la obra Donka, una carta a Chéjov -obra que se presentó en el festival iberoamericano de teatro de Bogotá.  A pesar de ser una frase llamativa, no estoy de acuerdo con ella. O sí. O bueno, sólo en parte.  Comienzo con esta perogrullada: la vida es la suma de cosas que pasan.  Nosotros, como pasajeros -y producto- de aquél despelote, pues podemos lograr que algunas cosas pasen, y se sumen a otras, y así.  Pero por ahora quiero hacer referencia a aquello que se nos sale de las manos, y específicamente a esas coincidencias que no afectan, no cambian rumbos, pero que a mí me parecen maravillosas.


Un hombre en un ascensor.  Llega al primer piso y al abrirse la puerta es corneado por un toro.  Esta anécdota -que en realidad ocurrió- es un buen ejemplo de aquellas cosas que se nos salen de las manos.  Yo, particularmente, no creo que las creencias religiosas, el modo de ser optimista o pesimista del aquel señor, o su bondad o maldad hayan influido en la presencia del toro en ese momento dentro del lobby de ese edificio.  Existen coincidencias más alegres, por supuesto. Ganarse una lotería, o doblar una esquina y enamorarse.  Pero estas son esas sumas de "pequeños detalles" que cambian destinos, y que se ven todos los días, y que a mí, en este atardecer no me interesan.


Ahora me encuentro leyendo una novela del escritor samario Ramón Illán Bacca: La mujer barbuda.  En ella se menciona que una historiadora quiere saber si uno de los personajes de un antiguo diario que ha encontrado es nieto de Joseph Conrad.  Luego, ya en el diario, se presenta otro personaje de nombre Candelario Segundo, quien -en la obra- es sobrino del escritor Candelario Obeso.  Yo, que soy un lector distraído, me detuve un instante para buscar en mi biblioteca ese librito de Obeso Cantos populares de mi tierra porque sí, porque quería leer en voz alta alguno de esos cantos.  Mi intención se vio truncada por lo que vi al encontrar el libro.  He aquí el registro fotográfico de lo que encontré:


"¿Y?", pensará cualquiera...¡¿y?!, respondo yo.  Julio Cortázar en una entrevista hablaba de aquella vez que descubrió que las imágenes fotográficas pegadas, sin algún orden aparente, en el costado de uno de sus muebles se encontraban unidas por una sola línea que iba desde la parte de arriba hasta el piso; así, la línea que formaba un brazo en una foto, se unía con alguna rama de árbol de otra fotografía que le seguía, y bajaba por el tronco hasta llegar a la nube de la imagen más abajo, etc.  Un amigo me contó que en una madrugada mientras esperaba un bus, en la calle desierta, aparecieron de repente dos hombres que se dirigían hacia él caminando, uno desde el norte y otro desde el sur.  Los dos hombres se cruzaron exactamente al pasar frente a mi amigo.  Yo también soy cazador de azares.  Uno que recuerdo ahora es aquella vez en un café, en donde minutos después de leer la descripción de una mujer en alguna novela, se sentó frente a mí una joven que se asemejaba bastante a la del libro. 

Para mí, el azar se presenta como la suma de pequeños detalles que a veces se configuran de una manera tan singular, que es casi imposible que su manifestación pase desapercibida.  A veces en este juego de probabilidades se llega a un orden, y de estos son esos resultados diminutos los que a mí me cautivan y por los cuales me gusta estar atento, para estar entretenido entre tantos pequeños detalles en caos.

domingo, 4 de marzo de 2012

"Ese libro quisiera ser mío"

No sé por qué a mí me terminó gustando la literatura. A diferencia de la mayoría de buenos lectores, en mi niñez yo aborrecía tener un libro en mis manos. Prefería subirme a algún árbol, montar en bicicleta, correr sin rumbo fijo, saltar desde lugares impensables y en la noche contar cuántos raspones tenía en las rodillas. En Cali, mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí a la cafetería de la Librería Nacional de Unicentro con la intención de que después de un sánduche o un helado a nosotros se nos colara algún libro.  En el corto plazo esa estrategia no les funcionó, pues no recuerdo haber salido de la librería con algo diferente a la barriga llena.  Fue en la adolescencia, cuando un buen amigo puso en mis manos una edición de El atravesado, que se me volvió hábito.  En eso pensaba mientras empezaba a tomar un capuccino en la librería Ábaco, en el centro de Cartagena. Entré buscando un libro, pero estaba sonando Summertime de Miles Davis en la emisora de la librería -sí, esta librería tiene emisora online (http://www.radionomy.com/es/radio/abaco-libros-y-cafe-radio)-, razón por la cual me vi obligado a sentarme, pedir un café y leer un rato.

Ahí estaba yo, dándole la espalda a la sección de Literatura universal y latinoamericana, cuando noté en la mesa del frente a una madre leyéndole un libro infantil a sus dos hijos: un niño y una niña de aproximadamente cuatro o cinco años.  Ella leía, cambiaba la voz según los personajes, miraba a sus hijos a los ojos, y se detenía para responder las preguntas que ellos le hacían.  De pronto, la niña dijo que le había aburrido ese libro, que prefería cambiarlo, y se levantó de la mesa para ir a buscar otro en la sección infantil. El niño hizo lo mismo. Bebí otro sorbo de capuccino y continué con mi lectura. A mi siguiente sorbo el niño le estaba preguntando a su papá si le leía el libro que había escogido, "claro que sí", dijo cerrando el que ojeaba para dedicarse a su hijo. El padre leía con el mismo entusiasmo de la madre, y el niño disfrutaba de esa pequeña función que presenciaba.

La edad me ha vuelto menos radical en muchos aspectos. Antes, durante mi adolescencia, yo miraba con algo de desprecio a quienes no sabían quién era Borges o Cortázar, a quienes se sabían las letras de Kinito Méndez -o algo que sonara así de tropical- o a quienes el nombre Travis Bickle no resultara familiar. Creía que aquellos que no se interesaban por este tipo de cosas eran superficiales, ignorantes y estaban condenados a una vida aburrida. Pues resulta que a partir de la adolescencia he conocido personas que recitan poemas de Borges que son aburridísimas, u otros que se saben las películas de Martin Scorsese en orden cronológico que se pasan de superficiales. Ya tampoco creo que la literatura sea la responsable de crear "buenas personas". No basta sino mirar a el gran Bukowski. O un ejemplo más cercano: alguna vez escuché una ponencia de Alberto Santofimio citando de memoria una frase de Luis Tejada.  La literatura te ayuda a pensar -así como ocurre con muchas otras actividades-, pero lo más importante es que te enseña a estar solo. Claro, también existen otras maneras de aprender de la soledad y disfrutarla, pero por lo menos a mí, la literatura me funciona. Habrá quien prefiera meditar, o fumarse un cigarrillo.

"Estos niños están aprendiendo a estar solos", pensaba yo durante otro de mis sorbos, cuando escuché a la niña decirle al padre que ella quería ver la ciudad como la veían los caballos. El papá fue más rápido que yo y le respondió que más tarde harían el recorrido en coche por la ciudad amurallada. Yo quedé maravillado, y ahora escuchaba a la madre decir a sus hijos que entonces escogieran de a un libro, pues ya debían irse. El niño puso cara de tristeza, porque él quería dos. El papá aceptó comprarle dos libros. "¿Y tú?", le preguntaron a la niña. Ella miraba los dos libros que tenía sobre la mesa, sin preocupación, sin prisa. De pronto señala uno de ellos y le dice a sus padres: "ese libro quisiera ser mío".

Cuando la familia salió del lugar, yo sin pensarlo me levanté, me dirigí a la señora que atendía el café y le pedí que me prepara un mojito. "Este mojito quería ser mío, y por eso dejó que me maravillara con esa escena que acababa de ver", pensé, pero inmediatamente me sentí culpable por el burdo plagio que había hecho de esa bella frase que le escuché a la niña. Y me bebí el mojito, solo, porque un momento así era necesario celebrarlo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

"Sin palabras", o la satisfacción de un espectador al hacer uso de su derecho de abandonar la sala de cine


Alguien la mencionó en buenos términos.  Mientras hacía la fila, vi a Andrés Burgos –el director de Sofía y el terco– conversando con un grupo de personas y yo supuse que entraría a la función. Tuve lo que los optimistas llaman “una buena corazonada” y claro, sentí un fresquito en medio del calor cartagenero que se empecinaba en azotarnos a la entrada del Centro de Convenciones a pesar de la fuerte brisa.  Me dediqué a observar a los ancianos que llegaban –imaginé los traían de algún humilde centro para la tercera edad– y a ver bajar de tres buses de diferentes colegios a estudiantes que entre carcajadas y empujones se iban acomodando en una fila, obedeciendo las órdenes de algún joven profesor.  Las etapas cronológicas en una misma fila para disfrutar del cine, “qué bello”, pensé, con esa cursilería vacía que me caracteriza.

Con 35 minutos de retraso se presentó Mónica Wagenberg, la directora del festival, para presentar la película colombiana Sin palabras.  Presentó a los directores y al productor, subieron al escenario, ellos invitaron a los protagonistas y a otras dos personas -¿una maquilladora y al director de fotografía?-, el productor dijo que al final de la proyección estarían los protagonistas afuera, al lado del afiche de la película y que nos podíamos tomar fotos con ellos, o hablar con la jefe de prensa de la película si queríamos información extra.  Finalmente se agotaron las palabras, se bajaron del escenario y empezó la función.

La película empieza mostrando dos despertares.  Uno en una habitación oscura, desordenada, invadida por el timbre de una alarma.  De la cama surge el personaje masculino, quien se sienta al borde de la cama sin decidirse silenciar su reloj despertador.  En una banca, en plena calle, una mujer se encuentra durmiendo, y es despertada por el sol y el ruido de la ciudad. Es una joven asiática, con vestimenta humilde y temor en el rostro.  El encuentro entre estos dos ocurre porque el hombre, Raúl, trabaja en una ferretería cruzando la calle de la banca donde amaneció la protagonista.  A él lo ha dejado su novia alemana, y con solo ver a la asiática parece enamorarse de ella. La dibuja en uno de sus cuadernos (“esto no me gusta”, pensé frunciendo el ceño). Raúl sale del almacén, compra algo a un vendedor ambulante, le lleva unas galletas y un tinto a la joven que parece haberlo cautivado. Él le habla y ella no le entiende. Nos queda claro que no habla español. Sin embargo, él piensa que es debido a la timidez. Le deja las galletas y el café en la banca y se retira.

Maroma de los directores burda para buscar la risa del público: mientras la asiática está en su banca, llega un personaje con enfermedad mental. Le empieza a hablar, ella se asusta, pero el público se ríe. Ha funcionado la trampa.  Viene al rescate Raúl, quien al parecer conoce a este otro personaje y lo espanta. Vuelve a hablarle, pero ella obviamente no le entiende. Él le pregunta que si es sorda (“este personaje no es torpe, sino estúpido”).  Finalmente, a través de señas, la convence de que la acompañe. Raúl la lleva a un restaurante chino, para que alguien le ayude a comunicarse con ella. Los recibe una mesera que parece más un personaje de una película de Harold Trompetero, o Dago García…o peor: de una película de Trompetero y García.  Chiste fácil, comentarios bobos, pero hacen reír al público. El cocinero es de la China y se ofrece a colaborarle. Le hace una pregunta a ella y ella responde. Hay palabras, lo que falta es comunicación por diferencia de idiomas. 

Mientras él le enseña a comer una empanada a Liam, aparece un policía en el local y ella sale corriendo. Raúl sale detrás de ella y en este descuido del personaje, yo aprovecho y me salgo de la sala en medio de las risas de los otros espectadores.  Camino hacia el centro, el calor ha bajado y la brisa continúa. Respiro profundo. Boto el aire. Pienso en la película que viene. Frente a mí la Torre del reloj y el cielo azul sin una nube. “Estoy en Cartagena”, sonrío. 

lunes, 27 de febrero de 2012

Sofía y el terco. Silencios que se resuelven


¿Ustedes recuerdan la primera vez que vieron el mar? Yo no. Y por poco gracias a los problemas técnicos y un par de eventos desafortunados durante el estreno de la película Sofía y el terco, los asistentes nos quedamos sin saber cómo fue esa primera vez que Sofía se deleitó con el azul del mar.
Después de las emotivas palabras del director Andrés Burgos en la premiere de su película, se apagaron las luces e inició la proyección. Imagen. Silencio. Silencio e imagen. Chiflido. “¡Sonido!”. Más chiflidos. “¡Que nos devuelvan la plata!”. Sonrisas. “¡Párenla!”. Chiflidos. Oscuridad. “Disculpen, tranquilos, tranquilos” (Voz de una de las productoras). Imagen y sonido. Ahora sí.

Sofía es una señora de edad casada, que vive en un pueblo en las montañas y no conoce el mar. Su esposo ha prometido llevarla a ella y a su hija, sin embargo siempre saca excusas para no realizar este viaje. El señor, entrado ya en canas e interpretado por Gustavo Angarita, es el dueño de la tienda del pueblo y que por su terquedad no permite que su ayudante le ayude a cumplir con las labores de tendero.

Sofía no habla. No es muda, pero a lo largo de la película no se deja escuchar su voz. Sabe el espectador que habla porque los demás personajes en conversaciones con ella dejan saber que Sofía les ha dado información, pero esas conversaciones no aparecen en escena. ¿Funciona esta triquiñuela del director? Sí, funciona, pues enfatiza el carácter sumiso de la protagonista, incomoda al espectador y logra potencializar la tragedia de la protagonista: no poder realizar el viaje para conocer el mar. Y hablando de tragedias, produce alegría saber que en Colombia este otro tipo de tragedias también merecen ser contadas, y no siempre existen víctimas y victimarios vinculados exclusivamente a través de actos de sangre.

La película está conformada por escenas muy cortas, llena de momentos cotidianos que la mirada del director imprime de humor sutil pero eficaz. Captura momentos íntimos, de gran sencillez, pero no por eso irrelevantes. Por ejemplo: el marido y Sofía se encuentran cenando en total silencio. El marido va acercando lentamente su mano al vaso de jugo y con total intención lo voltea y lo riega. La mira a ella, ella lo mira a él. Sofía se levanta, busca con qué limpiar el líquido que ha caído en el suelo, se agacha y mientras ella limpia, el esposo saca de su costado un paquete y lo pone sobre la mesa. Al ella levantarse lo ve. Sonríe, lo abre. Es un vestido de baño.

Y es que Sofía es así, sumisa. Siempre cambia el canal cuando está viendo su novela para que el esposo pueda ver las noticias. O escucha la música que su amiga le dice. Finalmente, Sofía se anima y emprende su viaje en solitario hasta el mar, no sin antes dejarle a su marido una libreta con “Instrucciones para todo”, para que él pueda vivir sin ella durante el viaje. Obviamente el señor no lo logra, y es así como la terquedad del esposo fracasa y el deseo -¿también terco?- de Sofía triunfa.

Sofía regresa con un par de cocos de su visita al mar y se los entrega a su marido. Mientras desayunan en uno de los corredores en silencio, el esposo le dice que si es que no le va a contar sobre su viaje. Ella se levanta con una sonrisa. La cámara se empieza a alejar lentamente. Sofía empieza a gesticular, moviendo los labios, las manos y caminando de un lugar al otro. Alguien, finalmente, quiere escucharla.

Y así, el silencio de la película, y el de Sofía, se resolvieron felizmente para los espectadores.

sábado, 25 de febrero de 2012

El presidente Santos bailó con Olivia Newton John, pero algunos vinimos a ver cine



Inició el Festival internacional de cine de Cartagena de Indias, o FICCI para ahorrarnos tiempo (o "Fishy" según el presidente Juan Manuel Santos). Acá unas breves impresiones inconclusas sobre el acto de inauguración que se llevó a cabo al aire libre, en la Plaza de la paz, con la torre del reloj de fondo y de techo un cielo sin una sola nube.

Agradecimiento al asistente ausente
Para mantener el protocolo observado durante el evento, empiezo agradeciendo a los lectores, pero principalmente al asistente ausente: ese alguien que debió estar sentado en la silla frente a mí, pero que por razones desconocidas no pudo llegar, o decidió no ir, y me permitió ver el evento y la película sin tener que contorsionar mi columna de un lado al otro por la presencia esférica de una cabeza encopetada o con sombrero. A ti, asistente ausente, te agradezco, ojalá nos encontremos a menudo acá en Cartagena.
Preludio
Luces y cámaras
Entre más cerca del escenario esté tu puesto, más luces y más cámaras se enfocarán en ti, mejor debe ser tu vestimenta y más saludos habrá qué dar. Por fortuna a mí la fama aun no me ha atropellado, razón por la cual pude ubicarme en un asiento alejado de la pantalla, desde donde logré disfrutar del evento y salir caminando normal, sin tortícolis, ni dolor en las mejillas, esto último como efecto de la cantidad de sonrisas para los fotógrafos y asistentes.
Yo discurso, tú discursas, ellos esperan.
Fieles la tradición colombiana, la inauguración empezó con algo más de media hora de retraso -cosa que no debería sorprender a nadie-, y por más que la gente de graderías, al fondo, estaba sentada y organizada puntualmente, no era posible iniciar, ya que los de VIP insistían en saludarse, posar mientras se esperaba a la estrella de la noche: al cinéfilo –como él mismo se presentó– y presidente Juan Manuel Santos. Fue con su arrivo cuando finalmente nosotros los asistentes pudimos deleitarnos con la variedad de discursos.
Se enfatizó sobre la diversidad de películas, documentales y cortos que serán proyectadas durante el festival, ya que este año además de la competencia, habrá un homenaje a Isabella Rossellini, al festival de San Sebastián, una retrospectiva al cine de Claire Denis –quien es una de las jurados–; sin embargo, lo más importante y a la vez bello de este festival fue enunciado en todos los discursos: a excepción de la inauguración y la clausura, todas las funciones serán gratis. Según Salvo Basile, esto hace parte de la política de inclusión del presidente Santos. Si así es, pues muchas gracias señor presidente; el que teníamos antes y que ahora se dedica a trinar con furia se ufanaba de no asistir a cine.
Juanma nos contó como en Inglaterra en sus años de juventud conoció por intermedio de no recuerdo quien a Joan Collins, y confesó con que había ido a discotequear con Olivia Newton John. Y yo confieso acá que me lo imaginé con esos ojitos pícaros que acompañados de su manera de sonreír a veces le dibujan una expresión de perverso, coqueteándole a la actriz, pasándose de tragos y haciendo sentir incómoda a esta estrella de cine.
“Ludio”
Finalmente, se invitó al frente al director de la película que se iba a estrenar durante el evento de inauguración. Johnny Hendrix Hinostroza presentó su filme Chocó, enfatizando en que su profesión no era la dirección de cine, sino la producción. Confesó nuestro Hendrix que el resultado de este experimento no es una película “bella”, como muchos se han encargado en calificarla, sino un filme humilde que tiene como fin llevar a la reflexión de la situación del Chocó, uno de los departamentos olvidados del territorio nacional.
Para hacerlo, basa su historia en un personaje femenino de nombre Chocó, quien es abusada sexualmente por su propio esposo, debe trabajar para pagarle la escuela a sus dos hijos donde aprenderán “letras”, y quien debe buscar la manera de conseguir el dinero para comprar una torta de cumpleaños que le ha prometido a su pequeña hija. Desde el inicio de la película queda establecida la soledad y abuso que marcarán el resto de la obra: lo primero que se muestra es un funeral, donde todos los asistentes excepto Chocó participan de un canto religioso. La secuencia que presenta al esposo es particularmente larga, donde se le muestra en una partida de dominó, sin dinero, altanero y borracho. Al llegar tarde en la noche al diminuto rancho que comparte con Chocó y sus dos hijos, obliga a su mujer a tener relaciones con él, precisamente por esto: por ser su mujer. Al intentar ella negarse recibe un fuerte golpe en el rostro.
La película tiene varios lugares comunes en cuanto al tema: la mujer víctima de la violencia, los hombres son malos, los extranjeros abusan, explotan y degradan a los habitantes en su propia tierra por el color de su piel. Sin embargo, es difícil juzgarla por esto, cuando la realidad misma en la que se basa está conformada por esos lugares comunes a los cuales el país y los gobernantes han dado la espalda a lo largo de los años.
Con su trama sencilla la película logra conmover, recordar al espectador algo que ya sabe pero se empecina en olvidar en la cotidianidad. Chocó estuvo en Berlín y fue bien recibida; sin lugar a duda en Colombia será aplaudida, porque acá nos especializamos en preocuparnos por la miseria del país por moda o cuando alguna manifestación artística local que la representa ha sido reconocida en el exterior. Sin embargo, a mí personalmente me hubiera gustado saber si la película ya había sido mostrada en el Chocó, y si así fue, cuál había sido la reacción al verla. Porque desde la película se plantea que debe haber un cambio no solo desde afuera, sino desde adentro del Chocó, en algunos de sus comportamientos que se han vuelto "tradiciones".
“Posludio”
Todo es relativo. La misma gente que para ingresar se demoró en estar lista para empezar el evento, se desvaneció al terminar la película. Los vestidos bonitos, las mujeres amarradas a sus galanes de sonrisas exageradas se esfumaron. Algunos jóvenes con síndrome de directores se reunían en grupos para opinar sobre la película, otros para mencionar que habían terminado su propio filme, y así, cada quien fue despertando a su manera de este evento del que varios disfrutamos bajo las estrellas en la ciudad de Cartagena.

lunes, 20 de febrero de 2012

Primíparo recurrente


Y así, después de varios años de tener en el olvido una actividad que en el pasado me aburrió rápidamente, vuelvo a retomar este chorrear babas que es el "blogueo". ¿Por qué? Pues porque en estos momentos a veces son esas babas las que me recuerdan que existo. Ser malo (o bueno) en algo, implica "ser", y por ahora eso es lo que busco. Entonces acá habrá el equivalente a estornudos, bostezos, espasmos musculares, parpadeos, alopesia y calambres escriturales. Un conato de avalancha mecanográfico sin relevancia, que posiblemente revele algo superficial de quien escribe, aunque lo más seguro es que no. Yo también -como todos- tengo nada que decir.