domingo, 4 de marzo de 2012

"Ese libro quisiera ser mío"

No sé por qué a mí me terminó gustando la literatura. A diferencia de la mayoría de buenos lectores, en mi niñez yo aborrecía tener un libro en mis manos. Prefería subirme a algún árbol, montar en bicicleta, correr sin rumbo fijo, saltar desde lugares impensables y en la noche contar cuántos raspones tenía en las rodillas. En Cali, mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí a la cafetería de la Librería Nacional de Unicentro con la intención de que después de un sánduche o un helado a nosotros se nos colara algún libro.  En el corto plazo esa estrategia no les funcionó, pues no recuerdo haber salido de la librería con algo diferente a la barriga llena.  Fue en la adolescencia, cuando un buen amigo puso en mis manos una edición de El atravesado, que se me volvió hábito.  En eso pensaba mientras empezaba a tomar un capuccino en la librería Ábaco, en el centro de Cartagena. Entré buscando un libro, pero estaba sonando Summertime de Miles Davis en la emisora de la librería -sí, esta librería tiene emisora online (http://www.radionomy.com/es/radio/abaco-libros-y-cafe-radio)-, razón por la cual me vi obligado a sentarme, pedir un café y leer un rato.

Ahí estaba yo, dándole la espalda a la sección de Literatura universal y latinoamericana, cuando noté en la mesa del frente a una madre leyéndole un libro infantil a sus dos hijos: un niño y una niña de aproximadamente cuatro o cinco años.  Ella leía, cambiaba la voz según los personajes, miraba a sus hijos a los ojos, y se detenía para responder las preguntas que ellos le hacían.  De pronto, la niña dijo que le había aburrido ese libro, que prefería cambiarlo, y se levantó de la mesa para ir a buscar otro en la sección infantil. El niño hizo lo mismo. Bebí otro sorbo de capuccino y continué con mi lectura. A mi siguiente sorbo el niño le estaba preguntando a su papá si le leía el libro que había escogido, "claro que sí", dijo cerrando el que ojeaba para dedicarse a su hijo. El padre leía con el mismo entusiasmo de la madre, y el niño disfrutaba de esa pequeña función que presenciaba.

La edad me ha vuelto menos radical en muchos aspectos. Antes, durante mi adolescencia, yo miraba con algo de desprecio a quienes no sabían quién era Borges o Cortázar, a quienes se sabían las letras de Kinito Méndez -o algo que sonara así de tropical- o a quienes el nombre Travis Bickle no resultara familiar. Creía que aquellos que no se interesaban por este tipo de cosas eran superficiales, ignorantes y estaban condenados a una vida aburrida. Pues resulta que a partir de la adolescencia he conocido personas que recitan poemas de Borges que son aburridísimas, u otros que se saben las películas de Martin Scorsese en orden cronológico que se pasan de superficiales. Ya tampoco creo que la literatura sea la responsable de crear "buenas personas". No basta sino mirar a el gran Bukowski. O un ejemplo más cercano: alguna vez escuché una ponencia de Alberto Santofimio citando de memoria una frase de Luis Tejada.  La literatura te ayuda a pensar -así como ocurre con muchas otras actividades-, pero lo más importante es que te enseña a estar solo. Claro, también existen otras maneras de aprender de la soledad y disfrutarla, pero por lo menos a mí, la literatura me funciona. Habrá quien prefiera meditar, o fumarse un cigarrillo.

"Estos niños están aprendiendo a estar solos", pensaba yo durante otro de mis sorbos, cuando escuché a la niña decirle al padre que ella quería ver la ciudad como la veían los caballos. El papá fue más rápido que yo y le respondió que más tarde harían el recorrido en coche por la ciudad amurallada. Yo quedé maravillado, y ahora escuchaba a la madre decir a sus hijos que entonces escogieran de a un libro, pues ya debían irse. El niño puso cara de tristeza, porque él quería dos. El papá aceptó comprarle dos libros. "¿Y tú?", le preguntaron a la niña. Ella miraba los dos libros que tenía sobre la mesa, sin preocupación, sin prisa. De pronto señala uno de ellos y le dice a sus padres: "ese libro quisiera ser mío".

Cuando la familia salió del lugar, yo sin pensarlo me levanté, me dirigí a la señora que atendía el café y le pedí que me prepara un mojito. "Este mojito quería ser mío, y por eso dejó que me maravillara con esa escena que acababa de ver", pensé, pero inmediatamente me sentí culpable por el burdo plagio que había hecho de esa bella frase que le escuché a la niña. Y me bebí el mojito, solo, porque un momento así era necesario celebrarlo.

5 comentarios:

  1. ¿Es esa escena lo sublimen de que hablan los libros? Yo creo que sí.
    Amargura

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  2. Muy bueno... Es bueno pensar que muchas cosas quisieran ser de uno...

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  3. ¡Ay Juanito, que bueno recordar los días del atravesado! También fue muy bueno identificarme con tu historia através de mi familia; con mi esposa y mi hijo leemos apenas nos levantamos y cuando nos acostamos.¡Juntos disfrutamos de estar solos con libros que quieren ser nuestros!

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  4. GUAMPA!!! muy bacano, voy a seguir leyendo todo lo que me mande. Muchos libros quieren ser mios, pero me sigo resistiendo. Esperamos que ud me empiece a contigiar.
    FIFAF PARFE! Y PILAF PAL 30 DE JUNIO

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