Desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí. En mi caso, desde que yo tenía escasos meses -¿o años?- y compartíamos una habitación en la casa de mis padres en Bogotá durante sus cortos estudios universitarios. Era ella quien primero acudía cuando me despertaba en las noches llorando y me atendía y me calmaba.
La costumbre del llanto la mantuve durante toda mi niñez hasta que se me agotaron las lágrimas, así como el hábito de buscar estar siempre a su lado en cualquier evento social donde hubiera extraños.
Recuerdo una noche ya lejana en Pereira -cuando la tía aun vivía en casa de los abuelos- en la cual nuestros juegos en la sala se vieron interrumpidos por el timbre que llamaba a la puerta. Alguien había venido por ella, lo que significaba que ella debía partir. Yo lloré porque se iba, ella intentó tranquilizarme diciendo que volvería. Yo igual seguí llorando cuando la vi salir por la puerta que daba a la calle. Quien se la llevó esa noche fue un tal "Nabos", quien luego se convertiría en el "tío Juan Carlos" cuando a muy corta edad ella le dio el sí en el altar sin alejarse de nuestras vidas, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.
Luego, durante las vacaciones, yo ya podía elegir en cual casa pasar los días cuando íbamos a Pereira. La mayoría de las veces escogí estar con mi tía Adriana. Ahí aprendí a cargar bebés, a que en las noches se podía comer salchichón cervecero con limón mientras se veía una película, a bailar, a menejar, a jugar parqués, rummi-q, a beber con el tío Juan Carlos. Vi nacer y crecer a Natalia, a Juan David y a Mariana. Viví en varias ciudades, crecí y regresé a Pereira donde mi tía, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.
Luego, durante el peor momento de mi estado vegetativo, me enteré de su enfermedad. Con mis defensas emocionales bajas me encerré en mí mismo sin querer comprender ni asimilar esas patadas que da la vida. ¿Quién quería llevársela si desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí?
Por fortuna, su salud mejoró y mi tía está ahora aquí, con nosotros, mientras seguimos celebrando reuniones familiares gracias a su empeño en mantenernos a todos unidos. De ella siempre he recibido el ejemplo de que es posible encontrar un sentido a la vida sirviendo a los demás de manera desinteresada. A ella yo aprendí a respetarla a través del amor y el cariño que siempre me ha dado de forma incondicional. Ella hoy está aquí con nosotros, y yo estoy feliz, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.
A-trasos
Yo también tengo nada que decir
jueves, 3 de enero de 2013
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Calero
Ayer, apenas me enteré de la noticia, escribí unas líneas en Facebook que me quedaron mal redactadas sobre dos momentos con los cuales siempre asociaba a Miguel Calero. Acá las retomo.
El primer recuerdo es del año de 1995. En un partido del Deportivo Cali -del cual yo era hincha y Calero su arquero- contra el Pereira, del cual no recuerdo el marcador final, Miguel Calero se decidió a salir hasta la mitad de la cancha con el balón para hacer un centro en el área del equipo cantrario. El balón se eleva, el portero del Pereira corre hacia el balón, salta, se estrella con algunos defensas o delanteros, el balón lo sobrepasa, rebota e ingresa en el arco. A los días, en algún programa del canal regional Telepacífico -yo por aquella época vivía en Cali- decidieron rifar los guayos con los que Calero había marcado el gol. Recuerdo algún presentador mostrando unos guayos viejos y usados e invitando a los televidentes a participar en el concurso.
Un año después, con Calero aún en el arco, el Deportivo Cali después de 22 años vuelve a ser campeón del fútbol colombiano. Yo estaba en Pereira de vacaciones, supongo, y me encontraba haciendo el curso de conducción obligatorio para sacar el pase. Recuerdo que tuve que correr unas diez cuadras desde la academia de conducción hasta el apartamento de mi abuela para poder ver el partido.
Todavía no tengo muy claro por qué algunas muertes nos afectan más que otras. Supongo que tenga que ver con la cercanía -ya sea física o aparente, como la que proponen los medios-, la edad del muerto, las circunstancias de la muerte. En todo caso, hoy estuve pensando que todos nosotros vamos presos en este viaje que inevitablemente terminará en accidente fatal. No hay salida. Lo triste es que algunos llegarán primero, a destiempo, a deshoras. Sin justicia. La vida al parecer es quisquillosa y en sus arrebatos le da por trazar su camino sola. Igual nos toca acostumbrarnos y además -o a pesar- debemos buscar motivos para ser/estar felices.
El primer recuerdo es del año de 1995. En un partido del Deportivo Cali -del cual yo era hincha y Calero su arquero- contra el Pereira, del cual no recuerdo el marcador final, Miguel Calero se decidió a salir hasta la mitad de la cancha con el balón para hacer un centro en el área del equipo cantrario. El balón se eleva, el portero del Pereira corre hacia el balón, salta, se estrella con algunos defensas o delanteros, el balón lo sobrepasa, rebota e ingresa en el arco. A los días, en algún programa del canal regional Telepacífico -yo por aquella época vivía en Cali- decidieron rifar los guayos con los que Calero había marcado el gol. Recuerdo algún presentador mostrando unos guayos viejos y usados e invitando a los televidentes a participar en el concurso.
Un año después, con Calero aún en el arco, el Deportivo Cali después de 22 años vuelve a ser campeón del fútbol colombiano. Yo estaba en Pereira de vacaciones, supongo, y me encontraba haciendo el curso de conducción obligatorio para sacar el pase. Recuerdo que tuve que correr unas diez cuadras desde la academia de conducción hasta el apartamento de mi abuela para poder ver el partido.
Todavía no tengo muy claro por qué algunas muertes nos afectan más que otras. Supongo que tenga que ver con la cercanía -ya sea física o aparente, como la que proponen los medios-, la edad del muerto, las circunstancias de la muerte. En todo caso, hoy estuve pensando que todos nosotros vamos presos en este viaje que inevitablemente terminará en accidente fatal. No hay salida. Lo triste es que algunos llegarán primero, a destiempo, a deshoras. Sin justicia. La vida al parecer es quisquillosa y en sus arrebatos le da por trazar su camino sola. Igual nos toca acostumbrarnos y además -o a pesar- debemos buscar motivos para ser/estar felices.
martes, 10 de abril de 2012
Esas sumas de pequeños detalles
"En la vida no existe el azar, sino los pequeños detalles", decía uno de los personajes en la obra Donka, una carta a Chéjov -obra que se presentó en el festival iberoamericano de teatro de Bogotá. A pesar de ser una frase llamativa, no estoy de acuerdo con ella. O sí. O bueno, sólo en parte. Comienzo con esta perogrullada: la vida es la suma de cosas que pasan. Nosotros, como pasajeros -y producto- de aquél despelote, pues podemos lograr que algunas cosas pasen, y se sumen a otras, y así. Pero por ahora quiero hacer referencia a aquello que se nos sale de las manos, y específicamente a esas coincidencias que no afectan, no cambian rumbos, pero que a mí me parecen maravillosas.
Un hombre en un ascensor. Llega al primer piso y al abrirse la puerta es corneado por un toro. Esta anécdota -que en realidad ocurrió- es un buen ejemplo de aquellas cosas que se nos salen de las manos. Yo, particularmente, no creo que las creencias religiosas, el modo de ser optimista o pesimista del aquel señor, o su bondad o maldad hayan influido en la presencia del toro en ese momento dentro del lobby de ese edificio. Existen coincidencias más alegres, por supuesto. Ganarse una lotería, o doblar una esquina y enamorarse. Pero estas son esas sumas de "pequeños detalles" que cambian destinos, y que se ven todos los días, y que a mí, en este atardecer no me interesan.
Ahora me encuentro leyendo una novela del escritor samario Ramón Illán Bacca: La mujer barbuda. En ella se menciona que una historiadora quiere saber si uno de los personajes de un antiguo diario que ha encontrado es nieto de Joseph Conrad. Luego, ya en el diario, se presenta otro personaje de nombre Candelario Segundo, quien -en la obra- es sobrino del escritor Candelario Obeso. Yo, que soy un lector distraído, me detuve un instante para buscar en mi biblioteca ese librito de Obeso Cantos populares de mi tierra porque sí, porque quería leer en voz alta alguno de esos cantos. Mi intención se vio truncada por lo que vi al encontrar el libro. He aquí el registro fotográfico de lo que encontré:
"¿Y?", pensará cualquiera...¡¿y?!, respondo yo. Julio Cortázar en una entrevista hablaba de aquella vez que descubrió que las imágenes fotográficas pegadas, sin algún orden aparente, en el costado de uno de sus muebles se encontraban unidas por una sola línea que iba desde la parte de arriba hasta el piso; así, la línea que formaba un brazo en una foto, se unía con alguna rama de árbol de otra fotografía que le seguía, y bajaba por el tronco hasta llegar a la nube de la imagen más abajo, etc. Un amigo me contó que en una madrugada mientras esperaba un bus, en la calle desierta, aparecieron de repente dos hombres que se dirigían hacia él caminando, uno desde el norte y otro desde el sur. Los dos hombres se cruzaron exactamente al pasar frente a mi amigo. Yo también soy cazador de azares. Uno que recuerdo ahora es aquella vez en un café, en donde minutos después de leer la descripción de una mujer en alguna novela, se sentó frente a mí una joven que se asemejaba bastante a la del libro.
Para mí, el azar se presenta como la suma de pequeños detalles que a veces se configuran de una manera tan singular, que es casi imposible que su manifestación pase desapercibida. A veces en este juego de probabilidades se llega a un orden, y de estos son esos resultados diminutos los que a mí me cautivan y por los cuales me gusta estar atento, para estar entretenido entre tantos pequeños detalles en caos.
Un hombre en un ascensor. Llega al primer piso y al abrirse la puerta es corneado por un toro. Esta anécdota -que en realidad ocurrió- es un buen ejemplo de aquellas cosas que se nos salen de las manos. Yo, particularmente, no creo que las creencias religiosas, el modo de ser optimista o pesimista del aquel señor, o su bondad o maldad hayan influido en la presencia del toro en ese momento dentro del lobby de ese edificio. Existen coincidencias más alegres, por supuesto. Ganarse una lotería, o doblar una esquina y enamorarse. Pero estas son esas sumas de "pequeños detalles" que cambian destinos, y que se ven todos los días, y que a mí, en este atardecer no me interesan.
Ahora me encuentro leyendo una novela del escritor samario Ramón Illán Bacca: La mujer barbuda. En ella se menciona que una historiadora quiere saber si uno de los personajes de un antiguo diario que ha encontrado es nieto de Joseph Conrad. Luego, ya en el diario, se presenta otro personaje de nombre Candelario Segundo, quien -en la obra- es sobrino del escritor Candelario Obeso. Yo, que soy un lector distraído, me detuve un instante para buscar en mi biblioteca ese librito de Obeso Cantos populares de mi tierra porque sí, porque quería leer en voz alta alguno de esos cantos. Mi intención se vio truncada por lo que vi al encontrar el libro. He aquí el registro fotográfico de lo que encontré:
"¿Y?", pensará cualquiera...¡¿y?!, respondo yo. Julio Cortázar en una entrevista hablaba de aquella vez que descubrió que las imágenes fotográficas pegadas, sin algún orden aparente, en el costado de uno de sus muebles se encontraban unidas por una sola línea que iba desde la parte de arriba hasta el piso; así, la línea que formaba un brazo en una foto, se unía con alguna rama de árbol de otra fotografía que le seguía, y bajaba por el tronco hasta llegar a la nube de la imagen más abajo, etc. Un amigo me contó que en una madrugada mientras esperaba un bus, en la calle desierta, aparecieron de repente dos hombres que se dirigían hacia él caminando, uno desde el norte y otro desde el sur. Los dos hombres se cruzaron exactamente al pasar frente a mi amigo. Yo también soy cazador de azares. Uno que recuerdo ahora es aquella vez en un café, en donde minutos después de leer la descripción de una mujer en alguna novela, se sentó frente a mí una joven que se asemejaba bastante a la del libro.
Para mí, el azar se presenta como la suma de pequeños detalles que a veces se configuran de una manera tan singular, que es casi imposible que su manifestación pase desapercibida. A veces en este juego de probabilidades se llega a un orden, y de estos son esos resultados diminutos los que a mí me cautivan y por los cuales me gusta estar atento, para estar entretenido entre tantos pequeños detalles en caos.
domingo, 4 de marzo de 2012
"Ese libro quisiera ser mío"
Ahí estaba yo, dándole la espalda a la sección de Literatura universal y latinoamericana, cuando noté en la mesa del frente a una madre leyéndole un libro infantil a sus dos hijos: un niño y una niña de aproximadamente cuatro o cinco años. Ella leía, cambiaba la voz según los personajes, miraba a sus hijos a los ojos, y se detenía para responder las preguntas que ellos le hacían. De pronto, la niña dijo que le había aburrido ese libro, que prefería cambiarlo, y se levantó de la mesa para ir a buscar otro en la sección infantil. El niño hizo lo mismo. Bebí otro sorbo de capuccino y continué con mi lectura. A mi siguiente sorbo el niño le estaba preguntando a su papá si le leía el libro que había escogido, "claro que sí", dijo cerrando el que ojeaba para dedicarse a su hijo. El padre leía con el mismo entusiasmo de la madre, y el niño disfrutaba de esa pequeña función que presenciaba.
La edad me ha vuelto menos radical en muchos aspectos. Antes, durante mi adolescencia, yo miraba con algo de desprecio a quienes no sabían quién era Borges o Cortázar, a quienes se sabían las letras de Kinito Méndez -o algo que sonara así de tropical- o a quienes el nombre Travis Bickle no resultara familiar. Creía que aquellos que no se interesaban por este tipo de cosas eran superficiales, ignorantes y estaban condenados a una vida aburrida. Pues resulta que a partir de la adolescencia he conocido personas que recitan poemas de Borges que son aburridísimas, u otros que se saben las películas de Martin Scorsese en orden cronológico que se pasan de superficiales. Ya tampoco creo que la literatura sea la responsable de crear "buenas personas". No basta sino mirar a el gran Bukowski. O un ejemplo más cercano: alguna vez escuché una ponencia de Alberto Santofimio citando de memoria una frase de Luis Tejada. La literatura te ayuda a pensar -así como ocurre con muchas otras actividades-, pero lo más importante es que te enseña a estar solo. Claro, también existen otras maneras de aprender de la soledad y disfrutarla, pero por lo menos a mí, la literatura me funciona. Habrá quien prefiera meditar, o fumarse un cigarrillo.
"Estos niños están aprendiendo a estar solos", pensaba yo durante otro de mis sorbos, cuando escuché a la niña decirle al padre que ella quería ver la ciudad como la veían los caballos. El papá fue más rápido que yo y le respondió que más tarde harían el recorrido en coche por la ciudad amurallada. Yo quedé maravillado, y ahora escuchaba a la madre decir a sus hijos que entonces escogieran de a un libro, pues ya debían irse. El niño puso cara de tristeza, porque él quería dos. El papá aceptó comprarle dos libros. "¿Y tú?", le preguntaron a la niña. Ella miraba los dos libros que tenía sobre la mesa, sin preocupación, sin prisa. De pronto señala uno de ellos y le dice a sus padres: "ese libro quisiera ser mío".
Cuando la familia salió del lugar, yo sin pensarlo me levanté, me dirigí a la señora que atendía el café y le pedí que me prepara un mojito. "Este mojito quería ser mío, y por eso dejó que me maravillara con esa escena que acababa de ver", pensé, pero inmediatamente me sentí culpable por el burdo plagio que había hecho de esa bella frase que le escuché a la niña. Y me bebí el mojito, solo, porque un momento así era necesario celebrarlo.
miércoles, 29 de febrero de 2012
"Sin palabras", o la satisfacción de un espectador al hacer uso de su derecho de abandonar la sala de cine
Alguien la
mencionó en buenos términos.
Mientras hacía la fila, vi a Andrés Burgos –el director de Sofía y el terco– conversando con un
grupo de personas y yo supuse que entraría a la función. Tuve lo que los
optimistas llaman “una buena corazonada” y claro, sentí un fresquito en medio
del calor cartagenero que se empecinaba en azotarnos a la entrada del Centro de
Convenciones a pesar de la fuerte brisa.
Me dediqué a observar a los ancianos que llegaban –imaginé los traían de
algún humilde centro para la tercera edad– y a ver bajar de tres buses de
diferentes colegios a estudiantes que entre carcajadas y empujones se iban
acomodando en una fila, obedeciendo las órdenes de algún joven profesor. Las etapas cronológicas en una misma
fila para disfrutar del cine, “qué bello”, pensé, con esa cursilería vacía que
me caracteriza.
Con 35
minutos de retraso se presentó Mónica Wagenberg, la directora del festival,
para presentar la película colombiana Sin
palabras. Presentó a los
directores y al productor, subieron al escenario, ellos invitaron a los
protagonistas y a otras dos personas -¿una maquilladora y al director de
fotografía?-, el productor dijo que al final de la proyección estarían los
protagonistas afuera, al lado del afiche de la película y que nos podíamos
tomar fotos con ellos, o hablar con la jefe de prensa de la película si
queríamos información extra.
Finalmente se agotaron las palabras, se bajaron del escenario y empezó
la función.
La película empieza
mostrando dos despertares. Uno en
una habitación oscura, desordenada, invadida por el timbre de una alarma. De la cama surge el personaje
masculino, quien se sienta al borde de la cama sin decidirse silenciar su reloj
despertador. En una banca, en
plena calle, una mujer se encuentra durmiendo, y es despertada por el sol y el
ruido de la ciudad. Es una joven asiática, con vestimenta humilde y temor en el
rostro. El encuentro entre estos
dos ocurre porque el hombre, Raúl, trabaja en una ferretería cruzando la calle
de la banca donde amaneció la protagonista. A él lo ha dejado su novia alemana, y con solo ver a la
asiática parece enamorarse de ella. La dibuja en uno de sus cuadernos (“esto no
me gusta”, pensé frunciendo el ceño). Raúl sale del almacén, compra algo a un
vendedor ambulante, le lleva unas galletas y un tinto a la joven que parece
haberlo cautivado. Él le habla y ella no le entiende. Nos queda claro que no
habla español. Sin embargo, él piensa que es debido a la timidez. Le deja las galletas
y el café en la banca y se retira.
Maroma de
los directores burda para buscar la risa del público: mientras la asiática está
en su banca, llega un personaje con enfermedad mental. Le empieza a hablar,
ella se asusta, pero el público se ríe. Ha funcionado la trampa. Viene al rescate Raúl, quien al parecer
conoce a este otro personaje y lo espanta. Vuelve a hablarle, pero ella
obviamente no le entiende. Él le pregunta que si es sorda (“este personaje no
es torpe, sino estúpido”).
Finalmente, a través de señas, la convence de que la acompañe. Raúl la
lleva a un restaurante chino, para que alguien le ayude a comunicarse con ella.
Los recibe una mesera que parece más un personaje de una película de Harold
Trompetero, o Dago García…o peor: de una película de Trompetero y García. Chiste fácil, comentarios bobos, pero hacen
reír al público. El cocinero es de la China y se ofrece a colaborarle. Le hace
una pregunta a ella y ella responde. Hay palabras, lo que falta es comunicación
por diferencia de idiomas.
lunes, 27 de febrero de 2012
Sofía y el terco. Silencios que se resuelven

¿Ustedes recuerdan la primera vez que vieron el mar? Yo no. Y por poco gracias a los problemas técnicos y un par de eventos desafortunados durante el estreno de la película Sofía y el terco, los asistentes nos quedamos sin saber cómo fue esa primera vez que Sofía se deleitó con el azul del mar.
Después de las emotivas palabras del director Andrés Burgos en la premiere de su película, se apagaron las luces e inició la proyección. Imagen. Silencio. Silencio e imagen. Chiflido. “¡Sonido!”. Más chiflidos. “¡Que nos devuelvan la plata!”. Sonrisas. “¡Párenla!”. Chiflidos. Oscuridad. “Disculpen, tranquilos, tranquilos” (Voz de una de las productoras). Imagen y sonido. Ahora sí.
Sofía es una señora de edad casada, que vive en un pueblo en las montañas y no conoce el mar. Su esposo ha prometido llevarla a ella y a su hija, sin embargo siempre saca excusas para no realizar este viaje. El señor, entrado ya en canas e interpretado por Gustavo Angarita, es el dueño de la tienda del pueblo y que por su terquedad no permite que su ayudante le ayude a cumplir con las labores de tendero.
Sofía no habla. No es muda, pero a lo largo de la película no se deja escuchar su voz. Sabe el espectador que habla porque los demás personajes en conversaciones con ella dejan saber que Sofía les ha dado información, pero esas conversaciones no aparecen en escena. ¿Funciona esta triquiñuela del director? Sí, funciona, pues enfatiza el carácter sumiso de la protagonista, incomoda al espectador y logra potencializar la tragedia de la protagonista: no poder realizar el viaje para conocer el mar. Y hablando de tragedias, produce alegría saber que en Colombia este otro tipo de tragedias también merecen ser contadas, y no siempre existen víctimas y victimarios vinculados exclusivamente a través de actos de sangre.
La película está conformada por escenas muy cortas, llena de momentos cotidianos que la mirada del director imprime de humor sutil pero eficaz. Captura momentos íntimos, de gran sencillez, pero no por eso irrelevantes. Por ejemplo: el marido y Sofía se encuentran cenando en total silencio. El marido va acercando lentamente su mano al vaso de jugo y con total intención lo voltea y lo riega. La mira a ella, ella lo mira a él. Sofía se levanta, busca con qué limpiar el líquido que ha caído en el suelo, se agacha y mientras ella limpia, el esposo saca de su costado un paquete y lo pone sobre la mesa. Al ella levantarse lo ve. Sonríe, lo abre. Es un vestido de baño.
Y es que Sofía es así, sumisa. Siempre cambia el canal cuando está viendo su novela para que el esposo pueda ver las noticias. O escucha la música que su amiga le dice. Finalmente, Sofía se anima y emprende su viaje en solitario hasta el mar, no sin antes dejarle a su marido una libreta con “Instrucciones para todo”, para que él pueda vivir sin ella durante el viaje. Obviamente el señor no lo logra, y es así como la terquedad del esposo fracasa y el deseo -¿también terco?- de Sofía triunfa.
Sofía regresa con un par de cocos de su visita al mar y se los entrega a su marido. Mientras desayunan en uno de los corredores en silencio, el esposo le dice que si es que no le va a contar sobre su viaje. Ella se levanta con una sonrisa. La cámara se empieza a alejar lentamente. Sofía empieza a gesticular, moviendo los labios, las manos y caminando de un lugar al otro. Alguien, finalmente, quiere escucharla.
Y así, el silencio de la película, y el de Sofía, se resolvieron felizmente para los espectadores.
sábado, 25 de febrero de 2012
El presidente Santos bailó con Olivia Newton John, pero algunos vinimos a ver cine

Inició el Festival internacional de cine de Cartagena de Indias, o FICCI para ahorrarnos tiempo (o "Fishy" según el presidente Juan Manuel Santos). Acá unas breves impresiones inconclusas sobre el acto de inauguración que se llevó a cabo al aire libre, en la Plaza de la paz, con la torre del reloj de fondo y de techo un cielo sin una sola nube.
Agradecimiento al asistente ausente
Para mantener el protocolo observado durante el evento, empiezo agradeciendo a los lectores, pero principalmente al asistente ausente: ese alguien que debió estar sentado en la silla frente a mí, pero que por razones desconocidas no pudo llegar, o decidió no ir, y me permitió ver el evento y la película sin tener que contorsionar mi columna de un lado al otro por la presencia esférica de una cabeza encopetada o con sombrero. A ti, asistente ausente, te agradezco, ojalá nos encontremos a menudo acá en Cartagena.
Agradecimiento al asistente ausente
Para mantener el protocolo observado durante el evento, empiezo agradeciendo a los lectores, pero principalmente al asistente ausente: ese alguien que debió estar sentado en la silla frente a mí, pero que por razones desconocidas no pudo llegar, o decidió no ir, y me permitió ver el evento y la película sin tener que contorsionar mi columna de un lado al otro por la presencia esférica de una cabeza encopetada o con sombrero. A ti, asistente ausente, te agradezco, ojalá nos encontremos a menudo acá en Cartagena.
Preludio
Luces y cámaras
Entre más cerca del escenario esté tu puesto, más luces y más cámaras se enfocarán en ti, mejor debe ser tu vestimenta y más saludos habrá qué dar. Por fortuna a mí la fama aun no me ha atropellado, razón por la cual pude ubicarme en un asiento alejado de la pantalla, desde donde logré disfrutar del evento y salir caminando normal, sin tortícolis, ni dolor en las mejillas, esto último como efecto de la cantidad de sonrisas para los fotógrafos y asistentes.
Yo discurso, tú discursas, ellos esperan.
Fieles la tradición colombiana, la inauguración empezó con algo más de media hora de retraso -cosa que no debería sorprender a nadie-, y por más que la gente de graderías, al fondo, estaba sentada y organizada puntualmente, no era posible iniciar, ya que los de VIP insistían en saludarse, posar mientras se esperaba a la estrella de la noche: al cinéfilo –como él mismo se presentó– y presidente Juan Manuel Santos. Fue con su arrivo cuando finalmente nosotros los asistentes pudimos deleitarnos con la variedad de discursos.
Se enfatizó sobre la diversidad de películas, documentales y cortos que serán proyectadas durante el festival, ya que este año además de la competencia, habrá un homenaje a Isabella Rossellini, al festival de San Sebastián, una retrospectiva al cine de Claire Denis –quien es una de las jurados–; sin embargo, lo más importante y a la vez bello de este festival fue enunciado en todos los discursos: a excepción de la inauguración y la clausura, todas las funciones serán gratis. Según Salvo Basile, esto hace parte de la política de inclusión del presidente Santos. Si así es, pues muchas gracias señor presidente; el que teníamos antes y que ahora se dedica a trinar con furia se ufanaba de no asistir a cine.
Juanma nos contó como en Inglaterra en sus años de juventud conoció por intermedio de no recuerdo quien a Joan Collins, y confesó con que había ido a discotequear con Olivia Newton John. Y yo confieso acá que me lo imaginé con esos ojitos pícaros que acompañados de su manera de sonreír a veces le dibujan una expresión de perverso, coqueteándole a la actriz, pasándose de tragos y haciendo sentir incómoda a esta estrella de cine.
“Ludio”
Finalmente, se invitó al frente al director de la película que se iba a estrenar durante el evento de inauguración. Johnny Hendrix Hinostroza presentó su filme Chocó, enfatizando en que su profesión no era la dirección de cine, sino la producción. Confesó nuestro Hendrix que el resultado de este experimento no es una película “bella”, como muchos se han encargado en calificarla, sino un filme humilde que tiene como fin llevar a la reflexión de la situación del Chocó, uno de los departamentos olvidados del territorio nacional.
Para hacerlo, basa su historia en un personaje femenino de nombre Chocó, quien es abusada sexualmente por su propio esposo, debe trabajar para pagarle la escuela a sus dos hijos donde aprenderán “letras”, y quien debe buscar la manera de conseguir el dinero para comprar una torta de cumpleaños que le ha prometido a su pequeña hija. Desde el inicio de la película queda establecida la soledad y abuso que marcarán el resto de la obra: lo primero que se muestra es un funeral, donde todos los asistentes excepto Chocó participan de un canto religioso. La secuencia que presenta al esposo es particularmente larga, donde se le muestra en una partida de dominó, sin dinero, altanero y borracho. Al llegar tarde en la noche al diminuto rancho que comparte con Chocó y sus dos hijos, obliga a su mujer a tener relaciones con él, precisamente por esto: por ser su mujer. Al intentar ella negarse recibe un fuerte golpe en el rostro.
La película tiene varios lugares comunes en cuanto al tema: la mujer víctima de la violencia, los hombres son malos, los extranjeros abusan, explotan y degradan a los habitantes en su propia tierra por el color de su piel. Sin embargo, es difícil juzgarla por esto, cuando la realidad misma en la que se basa está conformada por esos lugares comunes a los cuales el país y los gobernantes han dado la espalda a lo largo de los años.
Con su trama sencilla la película logra conmover, recordar al espectador algo que ya sabe pero se empecina en olvidar en la cotidianidad. Chocó estuvo en Berlín y fue bien recibida; sin lugar a duda en Colombia será aplaudida, porque acá nos especializamos en preocuparnos por la miseria del país por moda o cuando alguna manifestación artística local que la representa ha sido reconocida en el exterior. Sin embargo, a mí personalmente me hubiera gustado saber si la película ya había sido mostrada en el Chocó, y si así fue, cuál había sido la reacción al verla. Porque desde la película se plantea que debe haber un cambio no solo desde afuera, sino desde adentro del Chocó, en algunos de sus comportamientos que se han vuelto "tradiciones".
“Posludio”
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