lunes, 27 de febrero de 2012

Sofía y el terco. Silencios que se resuelven


¿Ustedes recuerdan la primera vez que vieron el mar? Yo no. Y por poco gracias a los problemas técnicos y un par de eventos desafortunados durante el estreno de la película Sofía y el terco, los asistentes nos quedamos sin saber cómo fue esa primera vez que Sofía se deleitó con el azul del mar.
Después de las emotivas palabras del director Andrés Burgos en la premiere de su película, se apagaron las luces e inició la proyección. Imagen. Silencio. Silencio e imagen. Chiflido. “¡Sonido!”. Más chiflidos. “¡Que nos devuelvan la plata!”. Sonrisas. “¡Párenla!”. Chiflidos. Oscuridad. “Disculpen, tranquilos, tranquilos” (Voz de una de las productoras). Imagen y sonido. Ahora sí.

Sofía es una señora de edad casada, que vive en un pueblo en las montañas y no conoce el mar. Su esposo ha prometido llevarla a ella y a su hija, sin embargo siempre saca excusas para no realizar este viaje. El señor, entrado ya en canas e interpretado por Gustavo Angarita, es el dueño de la tienda del pueblo y que por su terquedad no permite que su ayudante le ayude a cumplir con las labores de tendero.

Sofía no habla. No es muda, pero a lo largo de la película no se deja escuchar su voz. Sabe el espectador que habla porque los demás personajes en conversaciones con ella dejan saber que Sofía les ha dado información, pero esas conversaciones no aparecen en escena. ¿Funciona esta triquiñuela del director? Sí, funciona, pues enfatiza el carácter sumiso de la protagonista, incomoda al espectador y logra potencializar la tragedia de la protagonista: no poder realizar el viaje para conocer el mar. Y hablando de tragedias, produce alegría saber que en Colombia este otro tipo de tragedias también merecen ser contadas, y no siempre existen víctimas y victimarios vinculados exclusivamente a través de actos de sangre.

La película está conformada por escenas muy cortas, llena de momentos cotidianos que la mirada del director imprime de humor sutil pero eficaz. Captura momentos íntimos, de gran sencillez, pero no por eso irrelevantes. Por ejemplo: el marido y Sofía se encuentran cenando en total silencio. El marido va acercando lentamente su mano al vaso de jugo y con total intención lo voltea y lo riega. La mira a ella, ella lo mira a él. Sofía se levanta, busca con qué limpiar el líquido que ha caído en el suelo, se agacha y mientras ella limpia, el esposo saca de su costado un paquete y lo pone sobre la mesa. Al ella levantarse lo ve. Sonríe, lo abre. Es un vestido de baño.

Y es que Sofía es así, sumisa. Siempre cambia el canal cuando está viendo su novela para que el esposo pueda ver las noticias. O escucha la música que su amiga le dice. Finalmente, Sofía se anima y emprende su viaje en solitario hasta el mar, no sin antes dejarle a su marido una libreta con “Instrucciones para todo”, para que él pueda vivir sin ella durante el viaje. Obviamente el señor no lo logra, y es así como la terquedad del esposo fracasa y el deseo -¿también terco?- de Sofía triunfa.

Sofía regresa con un par de cocos de su visita al mar y se los entrega a su marido. Mientras desayunan en uno de los corredores en silencio, el esposo le dice que si es que no le va a contar sobre su viaje. Ella se levanta con una sonrisa. La cámara se empieza a alejar lentamente. Sofía empieza a gesticular, moviendo los labios, las manos y caminando de un lugar al otro. Alguien, finalmente, quiere escucharla.

Y así, el silencio de la película, y el de Sofía, se resolvieron felizmente para los espectadores.

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