jueves, 3 de enero de 2013

La tía Adriana

Desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí. En mi caso, desde que yo tenía escasos meses -¿o años?- y compartíamos una habitación en la casa de mis padres en Bogotá durante sus cortos estudios universitarios. Era ella quien primero acudía cuando me despertaba en las noches llorando y me atendía y me calmaba.

La costumbre del llanto la mantuve durante toda mi niñez hasta que se me agotaron las lágrimas, así como el hábito de buscar estar siempre a su lado en cualquier evento social donde hubiera extraños.

Recuerdo una noche ya lejana en Pereira -cuando la tía aun vivía en casa de los abuelos- en la cual nuestros juegos en la sala se vieron interrumpidos por el timbre que llamaba a la puerta. Alguien había venido por ella, lo que significaba que ella debía partir. Yo lloré porque se iba, ella intentó tranquilizarme diciendo que volvería. Yo igual seguí llorando cuando la vi salir por la puerta que daba a la calle. Quien se la llevó esa noche fue un tal "Nabos", quien luego se convertiría en el "tío Juan Carlos" cuando a muy corta edad ella le dio el sí en el altar sin alejarse de nuestras vidas, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.

Luego, durante las vacaciones, yo ya podía elegir en cual casa pasar los días cuando íbamos a Pereira. La mayoría de las veces escogí estar con mi tía Adriana. Ahí aprendí a cargar bebés, a que en las noches se podía comer salchichón cervecero con limón mientras se veía una película, a bailar, a menejar, a jugar parqués, rummi-q, a beber con el tío Juan Carlos. Vi nacer y crecer a Natalia, a Juan David y a Mariana. Viví en varias ciudades, crecí y regresé a Pereira donde mi tía, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.

Luego, durante el peor momento de mi estado vegetativo, me enteré de su enfermedad. Con mis defensas emocionales bajas me encerré en mí mismo sin querer comprender ni asimilar esas patadas que da la vida. ¿Quién quería llevársela si desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí?

Por fortuna, su salud mejoró y mi tía está ahora aquí, con nosotros, mientras seguimos celebrando reuniones familiares gracias a su empeño en mantenernos a todos unidos. De ella siempre he recibido el ejemplo de que es posible encontrar un sentido a la vida sirviendo a los demás de manera desinteresada. A ella yo aprendí a respetarla a través del amor y el cariño que siempre me ha dado de forma incondicional. Ella hoy está aquí con nosotros, y yo estoy feliz, porque desde siempre mi tía Adriana ha estado ahí.

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