Alguien la
mencionó en buenos términos.
Mientras hacía la fila, vi a Andrés Burgos –el director de Sofía y el terco– conversando con un
grupo de personas y yo supuse que entraría a la función. Tuve lo que los
optimistas llaman “una buena corazonada” y claro, sentí un fresquito en medio
del calor cartagenero que se empecinaba en azotarnos a la entrada del Centro de
Convenciones a pesar de la fuerte brisa.
Me dediqué a observar a los ancianos que llegaban –imaginé los traían de
algún humilde centro para la tercera edad– y a ver bajar de tres buses de
diferentes colegios a estudiantes que entre carcajadas y empujones se iban
acomodando en una fila, obedeciendo las órdenes de algún joven profesor. Las etapas cronológicas en una misma
fila para disfrutar del cine, “qué bello”, pensé, con esa cursilería vacía que
me caracteriza.
Con 35
minutos de retraso se presentó Mónica Wagenberg, la directora del festival,
para presentar la película colombiana Sin
palabras. Presentó a los
directores y al productor, subieron al escenario, ellos invitaron a los
protagonistas y a otras dos personas -¿una maquilladora y al director de
fotografía?-, el productor dijo que al final de la proyección estarían los
protagonistas afuera, al lado del afiche de la película y que nos podíamos
tomar fotos con ellos, o hablar con la jefe de prensa de la película si
queríamos información extra.
Finalmente se agotaron las palabras, se bajaron del escenario y empezó
la función.
La película empieza
mostrando dos despertares. Uno en
una habitación oscura, desordenada, invadida por el timbre de una alarma. De la cama surge el personaje
masculino, quien se sienta al borde de la cama sin decidirse silenciar su reloj
despertador. En una banca, en
plena calle, una mujer se encuentra durmiendo, y es despertada por el sol y el
ruido de la ciudad. Es una joven asiática, con vestimenta humilde y temor en el
rostro. El encuentro entre estos
dos ocurre porque el hombre, Raúl, trabaja en una ferretería cruzando la calle
de la banca donde amaneció la protagonista. A él lo ha dejado su novia alemana, y con solo ver a la
asiática parece enamorarse de ella. La dibuja en uno de sus cuadernos (“esto no
me gusta”, pensé frunciendo el ceño). Raúl sale del almacén, compra algo a un
vendedor ambulante, le lleva unas galletas y un tinto a la joven que parece
haberlo cautivado. Él le habla y ella no le entiende. Nos queda claro que no
habla español. Sin embargo, él piensa que es debido a la timidez. Le deja las galletas
y el café en la banca y se retira.
Maroma de
los directores burda para buscar la risa del público: mientras la asiática está
en su banca, llega un personaje con enfermedad mental. Le empieza a hablar,
ella se asusta, pero el público se ríe. Ha funcionado la trampa. Viene al rescate Raúl, quien al parecer
conoce a este otro personaje y lo espanta. Vuelve a hablarle, pero ella
obviamente no le entiende. Él le pregunta que si es sorda (“este personaje no
es torpe, sino estúpido”).
Finalmente, a través de señas, la convence de que la acompañe. Raúl la
lleva a un restaurante chino, para que alguien le ayude a comunicarse con ella.
Los recibe una mesera que parece más un personaje de una película de Harold
Trompetero, o Dago García…o peor: de una película de Trompetero y García. Chiste fácil, comentarios bobos, pero hacen
reír al público. El cocinero es de la China y se ofrece a colaborarle. Le hace
una pregunta a ella y ella responde. Hay palabras, lo que falta es comunicación
por diferencia de idiomas.

Dios bendiga el cine colombiano, PhD en lugares comunes (póngale acento en insalubre) y una búsqueda desesperada de tener historias pa contar que se les olvida cómo se narra. Allá voy yo a poner mi granito de arena también. Dios bendiga al cine colombiano.
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