miércoles, 29 de febrero de 2012

"Sin palabras", o la satisfacción de un espectador al hacer uso de su derecho de abandonar la sala de cine


Alguien la mencionó en buenos términos.  Mientras hacía la fila, vi a Andrés Burgos –el director de Sofía y el terco– conversando con un grupo de personas y yo supuse que entraría a la función. Tuve lo que los optimistas llaman “una buena corazonada” y claro, sentí un fresquito en medio del calor cartagenero que se empecinaba en azotarnos a la entrada del Centro de Convenciones a pesar de la fuerte brisa.  Me dediqué a observar a los ancianos que llegaban –imaginé los traían de algún humilde centro para la tercera edad– y a ver bajar de tres buses de diferentes colegios a estudiantes que entre carcajadas y empujones se iban acomodando en una fila, obedeciendo las órdenes de algún joven profesor.  Las etapas cronológicas en una misma fila para disfrutar del cine, “qué bello”, pensé, con esa cursilería vacía que me caracteriza.

Con 35 minutos de retraso se presentó Mónica Wagenberg, la directora del festival, para presentar la película colombiana Sin palabras.  Presentó a los directores y al productor, subieron al escenario, ellos invitaron a los protagonistas y a otras dos personas -¿una maquilladora y al director de fotografía?-, el productor dijo que al final de la proyección estarían los protagonistas afuera, al lado del afiche de la película y que nos podíamos tomar fotos con ellos, o hablar con la jefe de prensa de la película si queríamos información extra.  Finalmente se agotaron las palabras, se bajaron del escenario y empezó la función.

La película empieza mostrando dos despertares.  Uno en una habitación oscura, desordenada, invadida por el timbre de una alarma.  De la cama surge el personaje masculino, quien se sienta al borde de la cama sin decidirse silenciar su reloj despertador.  En una banca, en plena calle, una mujer se encuentra durmiendo, y es despertada por el sol y el ruido de la ciudad. Es una joven asiática, con vestimenta humilde y temor en el rostro.  El encuentro entre estos dos ocurre porque el hombre, Raúl, trabaja en una ferretería cruzando la calle de la banca donde amaneció la protagonista.  A él lo ha dejado su novia alemana, y con solo ver a la asiática parece enamorarse de ella. La dibuja en uno de sus cuadernos (“esto no me gusta”, pensé frunciendo el ceño). Raúl sale del almacén, compra algo a un vendedor ambulante, le lleva unas galletas y un tinto a la joven que parece haberlo cautivado. Él le habla y ella no le entiende. Nos queda claro que no habla español. Sin embargo, él piensa que es debido a la timidez. Le deja las galletas y el café en la banca y se retira.

Maroma de los directores burda para buscar la risa del público: mientras la asiática está en su banca, llega un personaje con enfermedad mental. Le empieza a hablar, ella se asusta, pero el público se ríe. Ha funcionado la trampa.  Viene al rescate Raúl, quien al parecer conoce a este otro personaje y lo espanta. Vuelve a hablarle, pero ella obviamente no le entiende. Él le pregunta que si es sorda (“este personaje no es torpe, sino estúpido”).  Finalmente, a través de señas, la convence de que la acompañe. Raúl la lleva a un restaurante chino, para que alguien le ayude a comunicarse con ella. Los recibe una mesera que parece más un personaje de una película de Harold Trompetero, o Dago García…o peor: de una película de Trompetero y García.  Chiste fácil, comentarios bobos, pero hacen reír al público. El cocinero es de la China y se ofrece a colaborarle. Le hace una pregunta a ella y ella responde. Hay palabras, lo que falta es comunicación por diferencia de idiomas. 

Mientras él le enseña a comer una empanada a Liam, aparece un policía en el local y ella sale corriendo. Raúl sale detrás de ella y en este descuido del personaje, yo aprovecho y me salgo de la sala en medio de las risas de los otros espectadores.  Camino hacia el centro, el calor ha bajado y la brisa continúa. Respiro profundo. Boto el aire. Pienso en la película que viene. Frente a mí la Torre del reloj y el cielo azul sin una nube. “Estoy en Cartagena”, sonrío. 

1 comentario:

  1. Dios bendiga el cine colombiano, PhD en lugares comunes (póngale acento en insalubre) y una búsqueda desesperada de tener historias pa contar que se les olvida cómo se narra. Allá voy yo a poner mi granito de arena también. Dios bendiga al cine colombiano.

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